Una iglesia que no forma a sus maestros le deja al azar lo que enseña

Es domingo en la mañana. Entras al templo con el café en una mano y la lista de clases en la otra, y los números no cuadran. Faltan maestros. La clase de los niños de ocho años no tiene a nadie, y en veinte minutos va a empezar.

Te acercas a tu pastor y se lo dices en voz baja. Él sube al altar, toma el micrófono y hace el llamado: “Necesitamos a alguien que nos ayude con los niños”. Se hace un silencio incómodo. Algunos miran al piso. Otros fingen buscar algo en la Biblia. Hasta que, al fondo, una mano se levanta despacio.

“Yo puedo ayudar.”

Es un hermano de buen corazón. Se le nota en la sonrisa nerviosa y en cómo se aferra a su Biblia. Pero cuando se acerca te dice casi en un susurro: “Yo quiero, pero no sé qué hacer”.

Tú le pones la mano en el hombro y le dices: “Tranquilo, todo va a estar bien. Yo te envío el material”. Y así lo haces. El sábado en la mañana, un día antes de la clase, le mandas el archivo. Al otro día, a las diez en punto, ese hermano se para frente a quince niños con una hoja impresa entre las manos.

Y en todo ese proceso, nadie le preguntó si Dios lo había llamado a enseñar. Nadie se detuvo a ver qué dones le había dado Dios. Nadie se aseguró de que estuviera preparado.

Solo estaba disponible.

Y esta, mi amado lector, es la realidad de muchas iglesias hoy.

Lo digo sin juzgar a nadie. Esos voluntarios sostienen la enseñanza de muchas congregaciones, y su buena voluntad es real. Pero la buena voluntad no es lo mismo que estar formado. Y lo que se enseña cada domingo termina moldeando lo que una congregación entera cree.

Disponible no es lo mismo que idóneo.

Pablo le escribe a Timoteo que encargue lo que ha aprendido a “hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros” (2 Timoteo 2:2). Fíjate en las dos palabras: fieles e idóneos. No dice disponibles ni entusiasmados. Dice fieles, es decir, de carácter probado, e idóneos, es decir, capacitados para la tarea.

Esdras nos muestra el orden en que se forma un maestro. Dispuso su corazón primero para inquirir la ley del Señor, después para cumplirla, y solo entonces para enseñarla (Esdras 7:10). Muchos de nuestros maestros reciben el material antes de recibir esa formación. Y Santiago nos recuerda que enseñar trae un juicio más estricto (Santiago 3:1), así que no debería ser una tarea que se asigna a la ligera.

¿Qué significa formar a un maestro?

Formar no es repartir un manual ni invitar a una charla de una noche. Un maestro de la Palabra necesita crecer, al menos, en seis áreas:

1. Su llamado. Por qué enseña, y si lo hace por servicio o por compromiso.

2. Su dependencia del Espíritu Santo. Preparar una clase es mucho más que preparar contenido.

3. Su conocimiento de quién enseña. Un niño de ocho años, un adolescente y un adulto aprenden distinto.

4. El diseño del aprendizaje. Qué quiere que ocurra en el estudiante, no solo qué va a decir.

5. El currículo y la lección. Cómo se construye una clase con propósito, de principio a fin.

6. La práctica con retroalimentación. Enseñar delante de otros y recibir corrección con amor.

Estas son las seis áreas que trabajamos durante tres meses con un grupo de maestros en Iglesia 1ra Corintios 13, en Cataño, y cerramos con una sesión final de práctica y la entrega de certificados. Ahí confirmé algo que ya sospechaba: el maestro que más crece es el que tiene un espacio seguro para enseñar, equivocarse y volver a intentar antes de pararse frente a su clase.

¿Por dónde empezar si eres pastor o líder?

No necesitas montar un programa de tres meses para dar el primer paso. Comienza con tres preguntas:

Primero, ¿sabes por qué enseña cada uno de tus maestros? Una conversación sincera te dirá más que un formulario.

Segundo, ¿qué formación reciben antes de tener una clase a su cargo? Si la respuesta es el manual y voy a estar orando para que Dios te use, ahí está tu primera oportunidad.

Tercero, ¿tienen dónde practicar y quién los acompañe? Un maestro que nunca recibe retroalimentación repite sus errores durante años sin saberlo.

Una iglesia que forma a sus maestros no solo mejora sus clases. Protege lo que su congregación aprende, y por tanto lo que cree, durante la próxima década.

Si quieres llevar esta formación a tu iglesia,

Esta es la convicción detrás de mi libro “Cuando enseñar no basta”: la enseñanza que transforma exige maestros que primero fueron formados. Si tu iglesia quiere formar a sus maestros, con gusto converso contigo sobre cómo llevar la Escuela para Maestros de Escuela Bíblica a tu congregación.

Cada jueves publico un artículo para maestros, directores y líderes que quieren enseñar bien la Palabra. Si quieres conversar sobre la escuela para tu iglesia, escríbeme a joseph@drjosephortiz.com

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